Justamente, el primer paso de Mella como escritor luego de haber estado años sin escribir ni publicar, fue la revisión y reescritura de su tercera novela, Noviembre, que luego iba a ser editada junto a los cuentos Blanco y La gota en el año 2010. No leí la primera versión de Noviembre, pero tengo entendido que era un poco más extensa y que exploraba con mayor insistencia en determinados símbolos y escenas del relato, inclusive dando lugar para que el propio autor irrumpiera con reflexiones sobre los personajes. La reescritura parece haber dejado en pie sólo el esqueleto de la novela, lo esencial.
Este parece un antecedente interesante para los cuentos de Lava, que entre muchas otras, tienen la virtud de durar lo que parece necesario que duren, incluso cuando se trata de cuentos donde la lógica tradicional de comienzo, desarrollo y final suele quedar en un segundo plano, ya sea porque la estructura del cuento pone énfasis en otros aspectos, ya sea porque los finales no necesariamente están concebidos como finales; en algunos casos las últimas escenas dan la sensación de que bien podrían haber estado al principio o en el medio del relato.
Otro antecedente para Lava, y quizás el más cercano, es una novela inédita que Mella empezó a escribir cuando retomó la escritura. Aparentemente, de esta novela sólo salvó algunas decenas de páginas que luego iban a convertirse en un par de los cuentos que están en Lava. O sea, más allá de haber escrito dos cuentos con anterioridad, Mella parece haberse chocado con la idea de hacer un libro de cuentos luego de descartar el formato conocido de la novela. Se encuentra con la posibilidad de contar las mismas cosas, las mismas situaciones, las mismas escenas, pero en un formato cuyas reglas lo obligan a reinventar su prosa, afinando su capacidad sugestiva a través de un lenguaje cotidiano y libre de florituras.
Lava es un libro amplio, en el sentido de que sus cuentos son de una gran expresividad y un gran movimiento, aunque Mella nunca cae en la exageración o el histrionismo. Tampoco se encuentra una solemnidad excesiva, más allá de que la muerte, la desilusión amorosa, el tiempo, los conflictos familiares y otras cuestiones de igual complejidad abundan en sus páginas. Es, en ese sentido, un libro equilibrado.
Otro aspecto que me interesa mucho en Lava es la capacidad de Mella para hacer notar entre líneas la intromisión de cosas terribles en la vida cotidiana. Ese famoso deslizamiento casi imperceptible de lo normal, tan explotado por tipos como Raymond Carver o David Lynch -con sus diferencias estéticas, obvio-, que deja entrever por unos segundos lo que hay debajo de la superficie, lo que está tapado. Generalmente, eso que está debajo huele a podrido, tiene mal aspecto, da miedo.
Mella trabaja en estas grietas cotidianas, y lo hace especialmente bien en relatos donde la situación central a priori debería ser agradable, como un viaje de una parejita de enamorados, o un nacimiento en una familia de clase media, pero que en cambio mutan en climas tensos y peligrosos.
El manejo de la tensión y del suspenso tampoco es clásico. Los relatos van y vienen en un rango amplio de intensidad sin que ninguna estructura obvia deje en evidencia cuál es el siguiente paso. Aquello que es terrible aparece casi sin avisar, y Mella pocas veces es explícito en su acercamiento al conflicto humano que está tratando.
Tampoco le hace falta a Mella recurrir a la literatura de impacto que, por ejemplo, utilizó para escribir Derretimiento (1998), novela física, de violencia gráfica, explícita, rozando lo gore. Aunque también es un texto muy efectivo en su uso del lenguaje. Pero creo que los cuentos de Lava, aunque alejados de la estética cruel de sus primeros libros, indagan con mayor profundidad en la oscuridad humana.
Entonces, siguiendo con las comparaciones, la escritura de Noviembre, aunque todavía en la primera etapa de Mella, puede funcionar como antecedente de una búsqueda por parte del autor por encontrar una manera de expresar algo terrible pero de una manera más solapada.
En estos cuentos Mella hace una apuesta fuerte, que es la de salir de su propia voz para narrar y pensar y sentir como otros: es una madre preocupada y sensible en Bocanada, un adolescente enamoradizo en La emoción de volar; en La esperanza de ver narra desde la curiosidad de un niño ante los mundos nuevos que se le ofrecen. Incluso en Lava, Ahora que sabemos y Lámpara, el narrador en tercera persona se acerca lo suficiente como para que los personajes sean percibidos de forma íntima, familiar. Lámpara es el cuento que mejor funciona en ese sentido, principalmente porque el narrador también es un personaje de la historia, y su relato está basado en recuerdos personales que lo relacionan con el personaje principal del cuento. Túpelo es, quizás, el cuento donde la voz de un Mella estándar -si es que eso existe- está más reconocible.
Aunque claro, el autor nunca puede salir del todo de sí mismo, pero en Lava, Daniel Mella logra ser creíble aun hablando desde otras voces.
Aunque claro, el autor nunca puede salir del todo de sí mismo, pero en Lava, Daniel Mella logra ser creíble aun hablando desde otras voces.
Estructuralmente, Lava está formado por siete cuentos. Parece haber una cierta coherencia en el orden en que están dispuestos. En el primero, Lava, está la búsqueda del embarazo. El segundo, Bocanada, narra los días posteriores al parto. El tercero, La esperanza de ver, tiene como protagonista a un niño. En el cuarto, Túpelo, el protagonista es un adulto joven. Luego se invierte un poco la lógica anterior, porque el quinto cuento, Ahora que sabemos, muestra un conflicto entre un matrimonio de veteranos y, el sexto, La emoción de volar, en mi orden mental debería estar después de La esperanza de ver, ya que tiene como narrador a un adolescente. El último cuento, Lámpara, hace un repaso por la vida de un personaje muy especial, y el final es la muerte del mismo
Pero los cuentos tienen sus propias estructuras internas y ahora los voy a analizar individualmente:
Lava
-El cuento que abre este libro deja planteada la idea de que lo cotidiano está lleno de peligros. La historia es la de una pareja joven que se va de vacaciones a un pueblito de Chile intentando que ella quede embarazada. Una especie de luna de miel. La calma y la estabilidad paradisíaca comienzan a trastocarse sutilmente cuando aparece uno de los conflictos recurrentes del libro: el choque entre la sensibilidad femenina y el pragmatismo masculino. Se da una discusión leve en la que ella le asegura que ya está embarazada aun sin haberse hecho ningún exámen, sabiéndolo por intuición, a lo que él le responde desde la racionalidad, diciéndole que no puede saberlo todavía.
El escenario tiene bastante importancia en este cuento. Primero que nada, la presencia constante del volcán, por el cual, además, ellos quisieron visitar ese lugar y no otros. El volcán se ve de todas partes, y en determinado momento deciden acercarse más a él. El volcán ejerce una especie de magnetismo, y podría no ser casualidad que la fiebre de ella haya empezado cuando más cerca estaban. La idea de concebir un hijo rodeados de naturaleza -un lago, un volcán-, tiene un efecto positivo en el ánimo de ámbos. Pero también se deja planteada la posibilidad de que la fiebre haya aparecido a causa de un árbol del lugar, o incluso de las Magachinas, algo indefinido que nunca se sabe qué es y que se nombra poco, pero que amenaza desde el anonimato.
Al igual que en otros cuentos del libro, en Lava los sueños cumplen una función importante. La parte de mayor tensión del relato es precedida por un sueño intranquilo y confuso de Camilo. Al despertar, se encuentra a su novia delirando por la fiebre, bañada en sudor, y a partir de ahí el relato aumenta su suspenso, hasta derivar en el final abierto en el que la posibilidad del embarazo parece ser algo bastante real.
Bocanada
Continuando la supuesta coherencia estructural del libro, Bocanada se centra en los días posteriores a un nacimiento. El conflicto está planteado desde un inicio. El nacimiento es problemático, la bebé tiene problemas para respirar y la tienen en incubadora. Mella escribe desde la voz de la madre, es decir, encarna esa sensibilidad femenina que al final del relato va a encontrar su punto de mayor tensión al enfrentarse a la falta de entendimiento masculina, representada por el padre de la niña.
El ambiente vuelve a tener trascendencia. En este caso se trata de la frialdad mecánica propia del hospital, que hiere la sensibilidad materna, contrastando con el clima de contención familiar que siempre se imagina deseable para alguien que acaba de nacer.
El choque más directo entre lo femenino y lo masculino tiene su anticipación de una manera un tanto simbólica. En determinado momento, mientras está acostada en el hospital, la madre empieza a pensar en la palabra "respirá"; se la repite como un mantra, y enseguida se imagina que quizás esa insistencia mental haya tenido algo que ver con la primera bocanada de aire en la vida de su hija. En contraste, hay otro episodio donde el padre tiene que enterrar la placenta de su hija en el jardín de la casa, y en lugar de bajar hacia el pozo y depositarlo con cuidado, lo deja caer desde lo alto. Enseguida se siente culpable, pero la distancia entre su actitud y la de la madre ya está planteada y parece insalvable. A eso se le suma su reticencia a visitar a la bebé mientras estuviera internada, y su aparente evasión sobre el tema en cada diálogo.
Entonces llega la escena final del cuento. La tensión se vuelve insoportable aunque lo que ocurre no sale de lo cotidiano. La sensibilidad femenina vuelve a ser herida: ella se siente mal, se marea. Hacia el final, al imaginarse el desorden que les espera en su casa, se anticipa el horror de la vida cotidiana. La incomunicación entre hombre y mujer queda reflejada en el silencio de ambos, un silencio incómodo y molesto.
La esperanza de ver
Este cuento tiene como protagonista y narrador a un niño. En realidad, no está demasiado explícito pero parece tratarse del recuerdo de un hombre sobre ciertos sucesos de cuando era niño. El recuerdo de ciertos sucesos que le generaron un impacto especial, que lo marcaron de alguna manera. Este caso podría ser el de un niño que entra de golpe en la adolescencia, luego de romper con una idealización cargada de inocencia infantil.
Este niño, que vive en un balneario uruguayo típico, igual que muchos personajes de Mella, se mueve en base a la curiosidad casi obsesiva que le producen Nicole y la Hermana Lugo, dos figuras enigmáticas y misteriosas para los ojos del niño. Él las sigue, se acerca a ellas de todas las maneras posibles, encuentra una excusa para entrar a la casa donde viven, para ver cómo son los espacios que habitan, para tratar de descubrir qué relación existe entre ambas.
Nicole lo atrae especialmente. Le genera curiosidad su miopía, su timidez, su voz cuando canta en el coro de la escuela. A medida que el relato avanza, esta curiosidad se acerca cada vez más a una atracción física. Sobre el final del cuento, el repentino y prematuro desarrollo físico de Nicole -o tiene directa relación- con la aparición de deseos sexuales mucho más reconocibles por parte del niño. Se imagina que Nicole se le sienta en la falda, por ejemplo, y lo escribe en su diario íntimo. (Es interesante también la aparición del diario íntimo, que en el La emoción de volar es parte fundamental de la estructura del cuento).
Al igual que pasa en Lava, en este relato el mundo onírico de los personajes parece funcionar de forma profética. El niño sueña con la casa de Nicole y la Hermana Lugo, pero deformada por un peligro indefinido.
Luego viene la escena final, donde Mella utiliza una imagen tan poderosa para los ojos del niño, que representa el final de su niñez y el comienzo de su adolescencia. Es un cambio de edad brusco, quizás traumático. Pero sigue siendo un final inaugural.
Túpelo
En este cuento la narrativa es ágil, dinámica, adulta. El que narra es un tipo joven, de 26 años, uruguayo extranjero en Bruselas. Es el cuento más cercano a lo que uno podría imaginarse de Mella, o de Mella hace quince años. No sólo la narrativa, sino las costumbres y los intereses son de tipo joven: vive solo, atiende un bar que se llama Túpelo por la canción de Nick Cave, toma alcohol y merca de vez en cuando, no tiene ninguna relación estable, vive con cierto desapego. Ese desapego se manifiesta en el absoluto rechazo que le provoca su lengua materna, el castellano; no quiere saber nada con los latinoamericanos de la ciudad, no quiere dejar de hablar en inglés. Paradójicamente, en cierto punto del relato, todo el desprecio hacia sus raíces se da vuelta y comienza, como si no pudiera evitarlo, a acercarse cada vez más a lo que podría ser su origen, su tierra natal.
Primero es el pensamiento del abuelo, un italiano radicado en Uruguay por la guerra, separado de su familia. Después la necesidad compulsiva de volver a leer algo en castellano, aunque termine comprando una traducción de un autor japonés.
Además, vuelven a aparecer los sueños. El protagonista sueña con su infancia y su casa en Uruguay. Presagia el regreso, como si se tratara de una marcha inevitable.
Este cuento tiene la particularidad de carecer de centro. Está la cuestión del origen y el desarraigo, sí, pero, al igual que todos los episodios y pensamientos, termina quedando en el olvido. En este cuento los acontecimientos se amontonan, se encadenan y desaparecen, y no hay lugar a donde llegar; simplemente se narran una serie de situaciones que tienen como común denominador a la misma persona en el mismo país, pero sin conclusión final. Es un cuento que podría empezar y terminar en cualquier parte y no quedaría mal.
Aunque el final podría llegar a ser significativo. El protagonista baja a un sótano a ver un espectáculo artístico independiente, donde una bailarina dibuja formas con su sombra. Se produce cierta magia viendo eso en medio de la oscuridad y el silencio, pero el trance es cortado abruptamente, como si se tratara de un bajón de merca o cualquier otra droga. El sueño terminó, qué puedo decir.
Ahora que sabemos
Vuelve el relato en tercera persona para este cuento. Inés y Oscar son un matrimonio veterano, los dos están por encima de los sesenta. Otra vez el centro del relato tiene que ver con el conflicto entre lo que se percibe desde el punto de vista femenino, y lo que no se llega a comprender o se omite deliberadamente desde el punto de vista masculino. En este caso la incomunicación es más extrema que en cuentos anteriores como Bocanada o Lava, donde los protagonistas todavía eran jóvenes. Acá la interferencia se vuelve casi total, acentuada por el paso del tiempo, por la acumulación de fracasos comunes. Lo que en Bocanada era un posible futuro, acá es realidad dura. La crueldad del devenir de los años representada en el distanciamiento físico que Inés tiene con Oscar. No sólo se aleja de él, se aleja de su propia casa, del espacio que compartían. Lo hace en silencio, como si fuera una huelga de hambre -y de hecho, algo de eso hay-. Pero el silencio que impera en toda la primera parte del cuento, guarda suficiente espacio para que, casi al final, cuando Inés le comunica que se va a Miami, que lo deja para siempre, la verborragia se haga presente y toda la tensión escabullida hasta entonces salga disparada a través de una discusión donde se tocan de forma explícita algunos de los grandes problemas del matrimonio: falta de hijos, incomunicación sexual y, principalmente, el resentimiento de Inés por la decisión de Oscar de no hacerse cargo de su madre, llevándola a vivir a su casa, con el consecuente miedo por parte de Inés de que hiciera lo mismo con ella en un futuro.
Todo lo que en Bocanada o Lava se intuía con gestos, con palabras cortadas, acá se expone de forma ruidosa, en la discusión para herir al otro.
Sobre el final, el cuento da un pequeño giro. Cuando la tensión matrimonial se desinfla y Oscar queda solo con su tristeza, se da el episodio donde él cruza a la casa de sus vecinos jóvenes en busca de un poco de vida social, un poco de dispersión. En eso está cuando una conversación ambigua con la dueña de la casa deja entrever que no es bienvenido tampoco ahí, y que quizás esté frente a un nuevo peligro, más inmediato, y que él no ve venir.
La emoción de volar
Este es el cuento más atípico de todos los de Lava, principalmente por su estructura que imita a un diario íntimo adolescente, siguiendo rigurosamente el vocabulario y expresividad de quien lo escribe, es decir, un chiquilín mormón, que juega al basquet, que está en constante estado de sorpresa y emoción ante los estímulos que le ofrece el mundo y que, además, tiene un profundo sentimiento religioso. Mella vuelve a ponerse en la piel de otro y lo hace de forma brillante. Al tratarse de un diario íntimo, es imprescindible no correrse nunca del papel de adolescente, y en ese sentido no hay ninguna fisura en el cuento. Claro, también puede resultar un poco tedioso leer tantas páginas de una escritura redundante, excesivamente enfática y hasta cursi muchas veces, pero justamente ahí está la genialidad del autor: en lograr darle total autenticidad a su escritura y a sus personajes.
En este cuento hay también algo de autobiográfico; Mella fue un adolescente mormón que jugaba al basquet, y probablemente también tuviera un diario íntimo. Pero eso no disminuye los méritos del cuento; escribir en base a recuerdos también es escribir ficción.
En el diario, este adolescente cuenta desde sus catorce a sus diecisiete años, intercalando anécdotas de vacaciones, actividades deportivas, estudios, con sensaciones y cambios hormonalmente impactantes, como la apertura sexual, representada en el constante estado de enamoramiento en que vive el personaje.
Otro aspecto importante del diario es la incorporación de relatos y reflexiones religiosas. Al desorden sintáctico que impera en la escritura del adolescente, se le suma la casual apropiación de textos sagrados, a través de citas textuales, donde el contraste con el lenguaje más coloquial de su vida cotidiana se vuelve muy gracioso.
El diario no sólo atestigua la suma de sus experiencias, sino también su crecimiento como adolescente. Al principio, la línea entre niñez y adolescencia era mucho más difusa, mezclando, por ejemplo, la atracción sexual por todo lo femenino con cierta ternura e inocencia aun propia de la infancia. Con el correr de las páginas, sus ideas adquieren un tono cada vez más maduro, hasta que al final del relato su concepción del amor está bastante más cerca de la adultez que del primer impacto amoroso de los catorce o quince años.
Lámpara
Este cuento me emociona. Lo habré leído cuatro o cinco veces y siempre me pasa lo mismo. Termino con la sensación de que acabo de leer algo esencial, doloroso, bello, real, pero a la vez tan sencillo.
El Lámpara es un personaje distinto, carismático, misterioso, atractivo. Este cuento construye su personalidad a través del intercambio de testimonios y de voces, volviéndolo al final una figura incierta, compleja y ambigua como todos los grandes hombres. Lo que se crea es una especie de mito, tanto es así que el narrador -sobrino del Lámpara-, empieza contando que lo citaron para hablar en un documental que se está haciendo sobre la vida de su tío.
El relato se construye principalmente gracias a los recuerdos que el narrador tiene de su tío, a través de los cuales se puede ir armando una línea cronológica difusa, repleta de espacios vacíos. Pero además, a estos recuerdos personales se le suman las anécdotas contadas por terceros -familiares, amigos, conocidos-. De esta forma, rápidamente se llega a la conclusión de que el Lámpara era diferente por varios aspectos. Desde chico había sido problemático, inquieto, malcriado, incluso violento. Pero siempre se remarca su condición de persona brillante (¿de ahí su apodo?), en contraste con los miembros de su familia. El narrador cuenta que en las reuniones familiares todos estaban siempre atentos a lo que hacía y decía el Lámpara, desesperados por incorporalo a sus propios universos mediocres. El Lámpara es envidiado, ya que tiene la vida de riesgos que casi todos quisieran tener, pero a la vez genera lástima y preocupación, en tanto su actitud errática, en constante cambio y movimiento pareciera denotar una insatisfacción permanente.
La figura de el Lámpara adquiere grandeza espiritual cuando algunos relatos vienen a exponer su sensibilidad ante la muerte. El narrador cuenta cómo de chico le gustaba escucharlo hablar sobre todos los muertos que había visto, hasta que un día, varios años después, logra hacerlo contar una anécdota en la que el Lámpara supo que un amigo suyo se estaba muriendo a través de un sueño. Lo cuenta con solemnidad, con dolor. Se anticipa en el relato la muerte del Lámpara y, principalmente, la actitud frente a su propia muerte.
En este cuento la historia del Lámpara avanza y a su costado avanzan las historias de los demás, de quienes lo conocieron: sus hermanos, sus padres, su cuñado, su sobrino, sus hijos, su esposa. Por eso tiene mucho sentido que al final del relato coincida la muerte del Lámpara con el suicidio de su cuñado y, ya en el último párrafo del libro, con la muerte de su hermana. Hay un deterioro general.
El Lámpara acepta su propia muerte, la ve venir y la acepta. Hasta parece prepararse el ambiente ideal para esperarla. Acampa en el fondo de su casa, vive como si estuviera acampando en la playa, pasa sus últimos días solo, ya viejo, deteriorado. No hay autocompasión, acepta el hecho. Así como es aconsejable no enfatizar en la belleza de las hojas de un árbol para no arruinar la propia percepción que se tiene de ellas, quizás tampoco se debería poner demasiado énfasis en los sucesos, simplemente dejar que ocurran.
Este niño, que vive en un balneario uruguayo típico, igual que muchos personajes de Mella, se mueve en base a la curiosidad casi obsesiva que le producen Nicole y la Hermana Lugo, dos figuras enigmáticas y misteriosas para los ojos del niño. Él las sigue, se acerca a ellas de todas las maneras posibles, encuentra una excusa para entrar a la casa donde viven, para ver cómo son los espacios que habitan, para tratar de descubrir qué relación existe entre ambas.
Nicole lo atrae especialmente. Le genera curiosidad su miopía, su timidez, su voz cuando canta en el coro de la escuela. A medida que el relato avanza, esta curiosidad se acerca cada vez más a una atracción física. Sobre el final del cuento, el repentino y prematuro desarrollo físico de Nicole -o tiene directa relación- con la aparición de deseos sexuales mucho más reconocibles por parte del niño. Se imagina que Nicole se le sienta en la falda, por ejemplo, y lo escribe en su diario íntimo. (Es interesante también la aparición del diario íntimo, que en el La emoción de volar es parte fundamental de la estructura del cuento).
Al igual que pasa en Lava, en este relato el mundo onírico de los personajes parece funcionar de forma profética. El niño sueña con la casa de Nicole y la Hermana Lugo, pero deformada por un peligro indefinido.
Luego viene la escena final, donde Mella utiliza una imagen tan poderosa para los ojos del niño, que representa el final de su niñez y el comienzo de su adolescencia. Es un cambio de edad brusco, quizás traumático. Pero sigue siendo un final inaugural.
Túpelo
En este cuento la narrativa es ágil, dinámica, adulta. El que narra es un tipo joven, de 26 años, uruguayo extranjero en Bruselas. Es el cuento más cercano a lo que uno podría imaginarse de Mella, o de Mella hace quince años. No sólo la narrativa, sino las costumbres y los intereses son de tipo joven: vive solo, atiende un bar que se llama Túpelo por la canción de Nick Cave, toma alcohol y merca de vez en cuando, no tiene ninguna relación estable, vive con cierto desapego. Ese desapego se manifiesta en el absoluto rechazo que le provoca su lengua materna, el castellano; no quiere saber nada con los latinoamericanos de la ciudad, no quiere dejar de hablar en inglés. Paradójicamente, en cierto punto del relato, todo el desprecio hacia sus raíces se da vuelta y comienza, como si no pudiera evitarlo, a acercarse cada vez más a lo que podría ser su origen, su tierra natal.
Primero es el pensamiento del abuelo, un italiano radicado en Uruguay por la guerra, separado de su familia. Después la necesidad compulsiva de volver a leer algo en castellano, aunque termine comprando una traducción de un autor japonés.
Además, vuelven a aparecer los sueños. El protagonista sueña con su infancia y su casa en Uruguay. Presagia el regreso, como si se tratara de una marcha inevitable.
Este cuento tiene la particularidad de carecer de centro. Está la cuestión del origen y el desarraigo, sí, pero, al igual que todos los episodios y pensamientos, termina quedando en el olvido. En este cuento los acontecimientos se amontonan, se encadenan y desaparecen, y no hay lugar a donde llegar; simplemente se narran una serie de situaciones que tienen como común denominador a la misma persona en el mismo país, pero sin conclusión final. Es un cuento que podría empezar y terminar en cualquier parte y no quedaría mal.
Aunque el final podría llegar a ser significativo. El protagonista baja a un sótano a ver un espectáculo artístico independiente, donde una bailarina dibuja formas con su sombra. Se produce cierta magia viendo eso en medio de la oscuridad y el silencio, pero el trance es cortado abruptamente, como si se tratara de un bajón de merca o cualquier otra droga. El sueño terminó, qué puedo decir.
Ahora que sabemos
Vuelve el relato en tercera persona para este cuento. Inés y Oscar son un matrimonio veterano, los dos están por encima de los sesenta. Otra vez el centro del relato tiene que ver con el conflicto entre lo que se percibe desde el punto de vista femenino, y lo que no se llega a comprender o se omite deliberadamente desde el punto de vista masculino. En este caso la incomunicación es más extrema que en cuentos anteriores como Bocanada o Lava, donde los protagonistas todavía eran jóvenes. Acá la interferencia se vuelve casi total, acentuada por el paso del tiempo, por la acumulación de fracasos comunes. Lo que en Bocanada era un posible futuro, acá es realidad dura. La crueldad del devenir de los años representada en el distanciamiento físico que Inés tiene con Oscar. No sólo se aleja de él, se aleja de su propia casa, del espacio que compartían. Lo hace en silencio, como si fuera una huelga de hambre -y de hecho, algo de eso hay-. Pero el silencio que impera en toda la primera parte del cuento, guarda suficiente espacio para que, casi al final, cuando Inés le comunica que se va a Miami, que lo deja para siempre, la verborragia se haga presente y toda la tensión escabullida hasta entonces salga disparada a través de una discusión donde se tocan de forma explícita algunos de los grandes problemas del matrimonio: falta de hijos, incomunicación sexual y, principalmente, el resentimiento de Inés por la decisión de Oscar de no hacerse cargo de su madre, llevándola a vivir a su casa, con el consecuente miedo por parte de Inés de que hiciera lo mismo con ella en un futuro.
Todo lo que en Bocanada o Lava se intuía con gestos, con palabras cortadas, acá se expone de forma ruidosa, en la discusión para herir al otro.
Sobre el final, el cuento da un pequeño giro. Cuando la tensión matrimonial se desinfla y Oscar queda solo con su tristeza, se da el episodio donde él cruza a la casa de sus vecinos jóvenes en busca de un poco de vida social, un poco de dispersión. En eso está cuando una conversación ambigua con la dueña de la casa deja entrever que no es bienvenido tampoco ahí, y que quizás esté frente a un nuevo peligro, más inmediato, y que él no ve venir.
La emoción de volar
Este es el cuento más atípico de todos los de Lava, principalmente por su estructura que imita a un diario íntimo adolescente, siguiendo rigurosamente el vocabulario y expresividad de quien lo escribe, es decir, un chiquilín mormón, que juega al basquet, que está en constante estado de sorpresa y emoción ante los estímulos que le ofrece el mundo y que, además, tiene un profundo sentimiento religioso. Mella vuelve a ponerse en la piel de otro y lo hace de forma brillante. Al tratarse de un diario íntimo, es imprescindible no correrse nunca del papel de adolescente, y en ese sentido no hay ninguna fisura en el cuento. Claro, también puede resultar un poco tedioso leer tantas páginas de una escritura redundante, excesivamente enfática y hasta cursi muchas veces, pero justamente ahí está la genialidad del autor: en lograr darle total autenticidad a su escritura y a sus personajes.
En este cuento hay también algo de autobiográfico; Mella fue un adolescente mormón que jugaba al basquet, y probablemente también tuviera un diario íntimo. Pero eso no disminuye los méritos del cuento; escribir en base a recuerdos también es escribir ficción.
En el diario, este adolescente cuenta desde sus catorce a sus diecisiete años, intercalando anécdotas de vacaciones, actividades deportivas, estudios, con sensaciones y cambios hormonalmente impactantes, como la apertura sexual, representada en el constante estado de enamoramiento en que vive el personaje.
Otro aspecto importante del diario es la incorporación de relatos y reflexiones religiosas. Al desorden sintáctico que impera en la escritura del adolescente, se le suma la casual apropiación de textos sagrados, a través de citas textuales, donde el contraste con el lenguaje más coloquial de su vida cotidiana se vuelve muy gracioso.
El diario no sólo atestigua la suma de sus experiencias, sino también su crecimiento como adolescente. Al principio, la línea entre niñez y adolescencia era mucho más difusa, mezclando, por ejemplo, la atracción sexual por todo lo femenino con cierta ternura e inocencia aun propia de la infancia. Con el correr de las páginas, sus ideas adquieren un tono cada vez más maduro, hasta que al final del relato su concepción del amor está bastante más cerca de la adultez que del primer impacto amoroso de los catorce o quince años.
Lámpara
Este cuento me emociona. Lo habré leído cuatro o cinco veces y siempre me pasa lo mismo. Termino con la sensación de que acabo de leer algo esencial, doloroso, bello, real, pero a la vez tan sencillo.
El Lámpara es un personaje distinto, carismático, misterioso, atractivo. Este cuento construye su personalidad a través del intercambio de testimonios y de voces, volviéndolo al final una figura incierta, compleja y ambigua como todos los grandes hombres. Lo que se crea es una especie de mito, tanto es así que el narrador -sobrino del Lámpara-, empieza contando que lo citaron para hablar en un documental que se está haciendo sobre la vida de su tío.
El relato se construye principalmente gracias a los recuerdos que el narrador tiene de su tío, a través de los cuales se puede ir armando una línea cronológica difusa, repleta de espacios vacíos. Pero además, a estos recuerdos personales se le suman las anécdotas contadas por terceros -familiares, amigos, conocidos-. De esta forma, rápidamente se llega a la conclusión de que el Lámpara era diferente por varios aspectos. Desde chico había sido problemático, inquieto, malcriado, incluso violento. Pero siempre se remarca su condición de persona brillante (¿de ahí su apodo?), en contraste con los miembros de su familia. El narrador cuenta que en las reuniones familiares todos estaban siempre atentos a lo que hacía y decía el Lámpara, desesperados por incorporalo a sus propios universos mediocres. El Lámpara es envidiado, ya que tiene la vida de riesgos que casi todos quisieran tener, pero a la vez genera lástima y preocupación, en tanto su actitud errática, en constante cambio y movimiento pareciera denotar una insatisfacción permanente.
La figura de el Lámpara adquiere grandeza espiritual cuando algunos relatos vienen a exponer su sensibilidad ante la muerte. El narrador cuenta cómo de chico le gustaba escucharlo hablar sobre todos los muertos que había visto, hasta que un día, varios años después, logra hacerlo contar una anécdota en la que el Lámpara supo que un amigo suyo se estaba muriendo a través de un sueño. Lo cuenta con solemnidad, con dolor. Se anticipa en el relato la muerte del Lámpara y, principalmente, la actitud frente a su propia muerte.
En este cuento la historia del Lámpara avanza y a su costado avanzan las historias de los demás, de quienes lo conocieron: sus hermanos, sus padres, su cuñado, su sobrino, sus hijos, su esposa. Por eso tiene mucho sentido que al final del relato coincida la muerte del Lámpara con el suicidio de su cuñado y, ya en el último párrafo del libro, con la muerte de su hermana. Hay un deterioro general.
El Lámpara acepta su propia muerte, la ve venir y la acepta. Hasta parece prepararse el ambiente ideal para esperarla. Acampa en el fondo de su casa, vive como si estuviera acampando en la playa, pasa sus últimos días solo, ya viejo, deteriorado. No hay autocompasión, acepta el hecho. Así como es aconsejable no enfatizar en la belleza de las hojas de un árbol para no arruinar la propia percepción que se tiene de ellas, quizás tampoco se debería poner demasiado énfasis en los sucesos, simplemente dejar que ocurran.

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