viernes, 27 de julio de 2018

Dormir con los ojos abiertos. Una lectura de Lava de Daniel Mella

Después de una nueva relectura de Lava (2013), sigo pensando lo mismo que pensaba antes: es el mejor libro de Mella. En estos cuentos -y en otros dos que había publicado por separado: Blanco y La gota- Mella logra una cohesión y una intensidad narrativa que, me parece, no tienen ninguna de sus novelas. Puede ser una cuestión de formato; quizás el concepto de cuento, como relato condensado, necesariamente marcado por límites de extensión, le sirva a Mella para explotar su universo literario en la medida justa. Claro, también se podría decir que a una novela excelente como El hermano mayor (2016) no le sobra ni le falta nada, aunque me parece importante pensar que esta última novela es posterior a Lava y también pertenece a la que podría denominarse la segunda etapa literaria de Mella; es decir, la etapa que comienza con su retorno a la escritura, diez años después de haber escrito Noviembre (2000).
Justamente, el primer paso de Mella como escritor luego de haber estado años sin escribir ni publicar, fue la revisión y reescritura de su tercera novela, Noviembre, que luego iba a ser editada junto a los cuentos Blanco y La gota en el año 2010. No leí la primera versión de Noviembre, pero tengo entendido que era un poco más extensa y que exploraba con mayor insistencia en determinados símbolos y escenas del relato, inclusive dando lugar para que el propio autor irrumpiera con reflexiones sobre los personajes. La reescritura parece haber dejado en pie sólo el esqueleto de la novela, lo esencial. 
Este parece un antecedente interesante para los cuentos de Lava, que entre muchas otras, tienen la virtud de durar lo que parece necesario que duren, incluso cuando se trata de cuentos donde la lógica tradicional de comienzo, desarrollo y final suele quedar en un segundo plano, ya sea porque la estructura del cuento pone énfasis en otros aspectos, ya sea porque los finales no necesariamente están concebidos como finales; en algunos casos las últimas escenas dan la sensación de que bien podrían haber estado al principio o en el medio del relato.
Otro antecedente para Lava, y quizás el más cercano, es una novela inédita que Mella empezó a escribir cuando retomó la escritura. Aparentemente, de esta novela sólo salvó algunas decenas de páginas que luego iban a convertirse en un par de los cuentos que están en Lava. O sea, más allá de haber escrito dos cuentos con anterioridad, Mella parece haberse chocado con la idea de hacer un libro de cuentos luego de descartar el formato conocido de la novela. Se encuentra con la posibilidad de contar las mismas cosas, las mismas situaciones, las mismas escenas, pero en un formato cuyas reglas lo obligan a reinventar su prosa, afinando su capacidad sugestiva a través de un lenguaje cotidiano y libre de florituras. 





Lava es un libro amplio, en el sentido de que sus cuentos son de una gran expresividad y un gran movimiento, aunque Mella nunca cae en la exageración o el histrionismo. Tampoco se encuentra una solemnidad excesiva, más allá de que la muerte, la desilusión amorosa, el tiempo, los conflictos familiares y otras cuestiones de igual complejidad abundan en sus páginas. Es, en ese sentido, un libro equilibrado. 


Otro aspecto que me interesa mucho en Lava es la capacidad de Mella para hacer notar entre líneas la intromisión de cosas terribles en la vida cotidiana. Ese famoso deslizamiento casi imperceptible de lo normal, tan explotado por tipos como Raymond Carver o David Lynch -con sus diferencias estéticas, obvio-, que deja entrever por unos segundos lo que hay debajo de la superficie, lo que está tapado. Generalmente, eso que está debajo huele a podrido, tiene mal aspecto, da miedo. 
Mella trabaja en estas grietas cotidianas, y lo hace especialmente bien en relatos donde la situación central a priori debería ser agradable, como un viaje de una parejita de enamorados, o un nacimiento en una familia de clase media, pero que en cambio mutan en climas tensos y peligrosos. 
El manejo de la tensión y del suspenso tampoco es clásico. Los relatos van y vienen en un rango amplio de intensidad sin que ninguna estructura obvia deje en evidencia cuál es el siguiente paso. Aquello que es terrible aparece casi sin avisar, y Mella pocas veces es explícito en su acercamiento al conflicto humano que está tratando.
Tampoco le hace falta a Mella recurrir a la literatura de impacto que, por ejemplo, utilizó para escribir Derretimiento (1998), novela física, de violencia gráfica, explícita, rozando lo gore. Aunque también es un texto muy efectivo en su uso del lenguaje. Pero creo que los cuentos de Lava, aunque alejados de la estética cruel de sus primeros libros, indagan con mayor profundidad en la oscuridad humana. 
Entonces, siguiendo con las comparaciones, la escritura de Noviembre, aunque todavía en la primera etapa de Mella, puede funcionar como antecedente de una búsqueda por parte del autor por encontrar una manera de expresar algo terrible pero de una manera más solapada. 


En estos cuentos Mella hace una apuesta fuerte, que es la de salir de su propia voz para narrar y pensar y sentir como otros: es una madre preocupada y sensible en Bocanada, un adolescente enamoradizo en La emoción de volar; en La esperanza de ver narra desde la curiosidad de un niño ante los mundos nuevos que se le ofrecen. Incluso en Lava, Ahora que sabemos y Lámpara, el narrador en tercera persona se acerca lo suficiente como para que los personajes sean percibidos de forma íntima, familiar. Lámpara es el cuento que mejor funciona en ese sentido, principalmente porque el narrador también es un personaje de la historia, y su relato está basado en recuerdos personales que lo relacionan con el personaje principal del cuento. Túpelo es, quizás, el cuento donde la voz de un Mella estándar -si es que eso existe- está más reconocible.
Aunque claro, el autor nunca puede salir del todo de sí mismo, pero en Lava, Daniel Mella logra ser creíble aun hablando desde otras voces.


Estructuralmente, Lava está formado por siete cuentos. Parece haber una cierta coherencia en el orden en que están dispuestos. En el primero, Lava, está la búsqueda del embarazo. El segundo, Bocanada, narra los días posteriores al parto. El tercero, La esperanza de ver, tiene como protagonista a un niño. En el cuarto, Túpelo, el protagonista es un adulto joven. Luego se invierte un poco la lógica anterior, porque el quinto cuento, Ahora que sabemos, muestra un conflicto entre un matrimonio de veteranos y, el sexto, La emoción de volar, en mi orden mental debería estar después de La esperanza de ver, ya que tiene como narrador a un adolescente. El último cuento, Lámpara, hace un repaso por la vida de un personaje muy especial, y el final es la muerte del mismo 
Pero los cuentos tienen sus propias estructuras internas y ahora los voy a analizar individualmente:


Lava

-El cuento que abre este libro deja planteada la idea de que lo cotidiano está lleno de peligros. La historia es la de una pareja joven que se va de vacaciones a un pueblito de Chile intentando que ella quede embarazada. Una especie de luna de miel. La calma y la estabilidad paradisíaca comienzan a trastocarse sutilmente cuando aparece uno de los conflictos recurrentes del libro: el choque entre la sensibilidad femenina y el pragmatismo masculino. Se da una discusión leve en la que ella le asegura que ya está embarazada aun sin haberse hecho ningún exámen, sabiéndolo por intuición, a lo que él le responde desde la racionalidad, diciéndole que no puede saberlo todavía.
El escenario tiene bastante importancia en este cuento. Primero que nada, la presencia constante del volcán, por el cual, además, ellos quisieron visitar ese lugar y no otros. El volcán se ve de todas partes, y en determinado momento deciden acercarse más a él. El volcán ejerce una especie de magnetismo, y podría no ser casualidad que la fiebre de ella haya empezado cuando más cerca estaban. La idea de concebir un hijo rodeados de naturaleza -un lago, un volcán-, tiene un efecto positivo en el ánimo de ámbos. Pero también se deja planteada la posibilidad de que la fiebre haya aparecido a causa de un árbol del lugar, o incluso de las Magachinas, algo indefinido que nunca se sabe qué es y que se nombra poco, pero que amenaza desde el anonimato.
Al igual que en otros cuentos del libro, en Lava los sueños cumplen una función importante. La parte de mayor tensión del relato es precedida por un sueño intranquilo y confuso de Camilo. Al despertar, se encuentra a su novia delirando por la fiebre, bañada en sudor, y a partir de ahí el relato aumenta su suspenso, hasta derivar en el final abierto en el que la posibilidad del embarazo parece ser algo bastante real.

Bocanada

Continuando la supuesta coherencia estructural del libro, Bocanada se centra en los días posteriores a un nacimiento. El conflicto está planteado desde un inicio. El nacimiento es problemático, la bebé tiene problemas para respirar y la tienen en incubadora. Mella escribe desde la voz de la madre, es decir, encarna esa sensibilidad femenina que al final del relato va a encontrar su punto de mayor tensión al enfrentarse a la falta de entendimiento masculina, representada por el padre de la niña.
El ambiente vuelve a tener trascendencia. En este caso se trata de la frialdad mecánica propia del hospital, que hiere la sensibilidad materna, contrastando con el clima de contención familiar que siempre se imagina deseable para alguien que acaba de nacer.
El choque más directo entre lo femenino y lo masculino tiene su anticipación de una manera un tanto simbólica. En determinado momento, mientras está acostada en el hospital, la madre empieza a pensar en la palabra "respirá"; se la repite como un mantra, y enseguida se imagina que quizás esa insistencia mental haya tenido algo que ver con la primera bocanada de aire en la vida de su hija. En contraste, hay otro episodio donde el padre tiene que enterrar la placenta de su hija en el jardín de la casa, y en lugar de bajar hacia el pozo y depositarlo con cuidado, lo deja caer desde lo alto. Enseguida se siente culpable, pero la distancia entre su actitud y la de la madre ya está planteada y parece insalvable. A eso se le suma su reticencia a visitar a la bebé mientras estuviera internada, y su aparente evasión sobre el tema en cada diálogo.
Entonces llega la escena final del cuento. La tensión se vuelve insoportable aunque lo que ocurre no sale de lo cotidiano. La sensibilidad femenina vuelve a ser herida: ella se siente mal, se marea. Hacia el final, al imaginarse el desorden que les espera en su casa, se anticipa el horror de la vida cotidiana. La incomunicación entre hombre y mujer queda reflejada en el silencio de ambos, un silencio incómodo y molesto.

La esperanza de ver

Este cuento tiene como protagonista y narrador a un niño. En realidad, no está demasiado explícito pero parece tratarse del recuerdo de un hombre sobre ciertos sucesos de cuando era niño. El recuerdo de ciertos sucesos que le generaron un impacto especial, que lo marcaron de alguna manera. Este caso podría ser el de un niño que entra de golpe en la adolescencia, luego de romper con una idealización cargada de inocencia infantil.
Este niño, que vive en un balneario uruguayo típico, igual que muchos personajes de Mella, se mueve en base a la curiosidad casi obsesiva que le producen Nicole y la Hermana Lugo, dos figuras enigmáticas y misteriosas para los ojos del niño. Él las sigue, se acerca a ellas de todas las maneras posibles, encuentra una excusa para entrar a la casa donde viven, para ver cómo son los espacios que habitan, para tratar de descubrir qué relación existe entre ambas.
Nicole lo atrae especialmente. Le genera curiosidad su miopía, su timidez, su voz cuando canta en el coro de la escuela. A medida que el relato avanza, esta curiosidad se acerca cada vez más a una atracción física. Sobre el final del cuento, el repentino y prematuro desarrollo físico de Nicole -o tiene directa relación- con la aparición de deseos sexuales mucho más reconocibles por parte del niño. Se imagina que Nicole se le sienta en la falda, por ejemplo, y lo escribe en su diario íntimo. (Es interesante también la aparición del diario íntimo, que en el La emoción de volar es parte fundamental de la estructura del cuento).
Al igual que pasa en Lava, en este relato el mundo onírico de los personajes parece funcionar de forma profética. El niño sueña con la casa de Nicole y la Hermana Lugo, pero deformada por un peligro indefinido.
Luego viene la escena final, donde Mella utiliza una imagen tan poderosa para los ojos del niño, que representa el final de su niñez y el comienzo de su adolescencia. Es un cambio de edad brusco, quizás traumático. Pero sigue siendo un final inaugural.

Túpelo

En este cuento la narrativa es ágil, dinámica, adulta. El que narra es un tipo joven, de 26 años, uruguayo extranjero en Bruselas. Es el cuento más cercano a lo que uno podría imaginarse de Mella, o de Mella hace quince años. No sólo la narrativa, sino las costumbres y los intereses son de tipo joven: vive solo, atiende un bar que se llama Túpelo por la canción de Nick Cave, toma alcohol y merca de vez en cuando, no tiene ninguna relación estable, vive con cierto desapego. Ese desapego se manifiesta en el absoluto rechazo que le provoca su lengua materna, el castellano; no quiere saber nada con los latinoamericanos de la ciudad, no quiere dejar de hablar en inglés. Paradójicamente, en cierto punto del relato, todo el desprecio hacia sus raíces se da vuelta y comienza, como si no pudiera evitarlo, a acercarse cada vez más a lo que podría ser su origen, su tierra natal.
Primero es el pensamiento del abuelo, un italiano radicado en Uruguay por la guerra, separado de su familia. Después la necesidad compulsiva de volver a leer algo en castellano, aunque termine comprando una traducción de un autor japonés.
Además, vuelven a aparecer los sueños. El protagonista sueña con su infancia y su casa en Uruguay. Presagia el regreso, como si se tratara de una marcha inevitable.
Este cuento tiene la particularidad de carecer de centro. Está la cuestión del origen y el desarraigo, sí, pero, al igual que todos los episodios y pensamientos, termina quedando en el olvido. En este cuento los acontecimientos se amontonan, se encadenan y desaparecen, y no hay lugar a donde llegar; simplemente se narran una serie de situaciones que tienen como común denominador a la misma persona en el mismo país, pero sin conclusión final. Es un cuento que podría empezar y terminar en cualquier parte y no quedaría mal.
Aunque el final podría llegar a ser significativo. El protagonista baja a un sótano a ver un espectáculo artístico independiente, donde una bailarina dibuja formas con su sombra. Se produce cierta magia viendo eso en medio de la oscuridad y el silencio, pero el trance es cortado abruptamente, como si se tratara de un bajón de merca o cualquier otra droga. El sueño terminó, qué puedo decir.

Ahora que sabemos

Vuelve el relato en tercera persona para este cuento. Inés y Oscar son un matrimonio veterano, los dos están por encima de los sesenta. Otra vez el centro del relato tiene que ver con el conflicto entre lo que se percibe desde el punto de vista femenino, y lo que no se llega a comprender o se omite deliberadamente desde el punto de vista masculino. En este caso la incomunicación es más extrema que en cuentos anteriores como Bocanada o Lava, donde los protagonistas todavía eran jóvenes. Acá la interferencia se vuelve casi total, acentuada por el paso del tiempo, por la acumulación de fracasos comunes. Lo que en Bocanada era un posible futuro, acá es realidad dura. La crueldad del devenir de los años representada en el distanciamiento físico que Inés tiene con Oscar. No sólo se aleja de él, se aleja de su propia casa, del espacio que compartían. Lo hace en silencio, como si fuera una huelga de hambre -y de hecho, algo de eso hay-. Pero el silencio que impera en toda la primera parte del cuento, guarda suficiente espacio para que, casi al final, cuando Inés le comunica que se va a Miami, que lo deja para siempre, la verborragia se haga presente y toda la tensión escabullida hasta entonces salga disparada a través de una discusión donde se tocan de forma explícita algunos de los grandes problemas del matrimonio: falta de hijos, incomunicación sexual y, principalmente, el resentimiento de Inés por la decisión de Oscar de no hacerse cargo de su madre, llevándola a vivir a su casa, con el consecuente miedo por parte de Inés de que hiciera lo mismo con ella en un futuro.
Todo lo que en Bocanada o Lava se intuía con gestos, con palabras cortadas, acá se expone de forma ruidosa, en la discusión para herir al otro.
Sobre el final, el cuento da un pequeño giro. Cuando la tensión matrimonial se desinfla y Oscar queda solo con su tristeza, se da el episodio donde él cruza a la casa de sus vecinos jóvenes en busca de un poco de vida social, un poco de dispersión. En eso está cuando una conversación ambigua con la dueña de la casa deja entrever que no es bienvenido tampoco ahí, y que quizás esté frente a un nuevo peligro, más inmediato, y que él no ve venir.

La emoción de volar

Este es el cuento más atípico de todos los de Lava, principalmente por su estructura que imita a un diario íntimo adolescente, siguiendo rigurosamente el vocabulario y expresividad de quien lo escribe, es decir, un chiquilín mormón, que juega al basquet, que está en constante estado de sorpresa y emoción ante los estímulos que le ofrece el mundo y que, además, tiene un profundo sentimiento religioso. Mella vuelve a ponerse en la piel de otro y lo hace de forma brillante. Al tratarse de un diario íntimo, es imprescindible no correrse nunca del papel de adolescente, y en ese sentido no hay ninguna fisura en el cuento. Claro, también puede resultar un poco tedioso leer tantas páginas de una escritura redundante, excesivamente enfática y hasta cursi muchas veces, pero justamente ahí está la genialidad del autor: en lograr darle total autenticidad a su escritura y a sus personajes.
En este cuento hay también algo de autobiográfico; Mella fue un adolescente mormón que jugaba al basquet, y probablemente también tuviera un diario íntimo. Pero eso no disminuye los méritos del cuento; escribir en base a recuerdos también es escribir ficción.
En el diario, este adolescente cuenta desde sus catorce a sus diecisiete años, intercalando anécdotas de vacaciones, actividades deportivas, estudios, con sensaciones y cambios hormonalmente impactantes, como la apertura sexual, representada en el constante estado de enamoramiento en que vive el personaje.
Otro aspecto importante del diario es la incorporación de relatos y reflexiones religiosas. Al desorden sintáctico que impera en la escritura del adolescente, se le suma la casual apropiación de textos sagrados, a través de citas textuales, donde el contraste con el lenguaje más coloquial de su vida cotidiana se vuelve muy gracioso.
El diario no sólo atestigua la suma de sus experiencias, sino también su crecimiento como adolescente. Al principio, la línea entre niñez y adolescencia era mucho más difusa, mezclando, por ejemplo, la atracción sexual por todo lo femenino con cierta ternura e inocencia aun propia de la infancia. Con el correr de las páginas, sus ideas adquieren un tono cada vez más maduro, hasta que al final del relato su concepción del amor está bastante más cerca de la adultez que del primer impacto amoroso de los catorce o quince años.

Lámpara

Este cuento me emociona. Lo habré leído cuatro o cinco veces y siempre me pasa lo mismo. Termino con la sensación de que acabo de leer algo esencial, doloroso, bello, real, pero a la vez tan sencillo.
El Lámpara es un personaje distinto, carismático, misterioso, atractivo. Este cuento construye su personalidad a través del intercambio de testimonios y de voces, volviéndolo al final una figura incierta, compleja y ambigua como todos los grandes hombres. Lo que se crea es una especie de mito, tanto es así que el narrador -sobrino del Lámpara-, empieza contando que lo citaron para hablar en un documental que se está haciendo sobre la vida de su tío.
El relato se construye principalmente gracias a los recuerdos que el narrador tiene de su tío, a través de los cuales se puede ir armando una línea cronológica difusa, repleta de espacios vacíos. Pero además, a estos recuerdos personales se le suman las anécdotas contadas por terceros -familiares, amigos, conocidos-. De esta forma, rápidamente se llega a la conclusión de que el Lámpara era diferente por varios aspectos. Desde chico había sido problemático, inquieto, malcriado, incluso violento. Pero siempre se remarca su condición de persona brillante (¿de ahí su apodo?), en contraste con los miembros de su familia. El narrador cuenta que en las reuniones familiares todos estaban siempre atentos a lo que hacía y decía el Lámpara, desesperados por incorporalo a sus propios universos mediocres. El Lámpara es envidiado, ya que tiene la vida de riesgos que casi todos quisieran tener, pero a la vez genera lástima y preocupación, en tanto su actitud errática, en constante cambio y movimiento pareciera denotar una insatisfacción permanente.
La figura de el Lámpara adquiere grandeza espiritual cuando algunos relatos vienen a exponer su sensibilidad ante la muerte. El narrador cuenta cómo de chico le gustaba escucharlo hablar sobre todos los muertos que había visto, hasta que un día, varios años después, logra hacerlo contar una anécdota en la que el Lámpara supo que un amigo suyo se estaba muriendo a través de un sueño. Lo cuenta con solemnidad, con dolor. Se anticipa en el relato la muerte del Lámpara y, principalmente, la actitud frente a su propia muerte.
En este cuento la historia del Lámpara avanza y a su costado avanzan las historias de los demás, de quienes lo conocieron: sus hermanos, sus padres, su cuñado, su sobrino, sus hijos, su esposa. Por eso tiene mucho sentido que al final del relato coincida la muerte del Lámpara con el suicidio de su cuñado y, ya en el último párrafo del libro, con la muerte de su hermana. Hay un deterioro general.
El Lámpara acepta su propia muerte, la ve venir y la acepta. Hasta parece prepararse el ambiente ideal para esperarla. Acampa en el fondo de su casa, vive como si estuviera acampando en la playa, pasa sus últimos días solo, ya viejo, deteriorado. No hay autocompasión, acepta el hecho. Así como es aconsejable no enfatizar en la belleza de las hojas de un árbol para no arruinar la propia percepción que se tiene de ellas, quizás tampoco se debería poner demasiado énfasis en los sucesos, simplemente dejar que ocurran.



miércoles, 18 de julio de 2018

El caos de Charly García en dos discos: La hija de la lágrima (1994) y Say No More (1996)


Difícilmente un artista no plasme en sus obras lo que le pasa en su vida diaria. Algunos lo hacen a consciencia, escribiendo, por ejemplo, un relato basado en una experiencia reciente que los impactó, inspiró o maravilló por algún motivo. Incluso algunos optan por ni siquiera cambiar nombres de personas o lugares, jugando con la no ficción. Pero incluso en las obras de aquellos que intentan lo contrario, es decir, alejarse de sus propias vidas para contar otra cosa, hablar de otras realidades, igualmente se filtra algo de lo que les está pasando. A veces lo que se filtra sin buscarlo es mucho más elocuente y dice mucho más sobre el artista que si editara y vendiera su diario íntimo. Sobre todo cuando se trata de alguien con una profunda vocación artística, alguien como Charly García. El mismo que a los cuatro años daba conciertos en teatros y a los doce era profesor. El mismo que se ha pasado toda su vida tocando, componiendo y escuchando música. Oído absoluto, sí, pero principalmente un hombre sensible, característica fundamental para vivir haciendo arte, para concebir la vida -o muchos de sus aspectos- a través del arte.


Creo que hay dos discos en los que Charly expuso más de sí mismo y de su realidad inmediata: La hija de la lágrima (1994), y Say No More (1996). Ambos constituyen la faceta menos accecible de su carrera, la más controvertida. Con La hija de la lágrima se abría de forma oficial la etapa de caos y confusión que iba a derivar en Say no more, su continuación natural, disco en el que Charly definitivamente se cansa de la canción pop tradicional, la destruye, junta sus pedacitos, agrega piezas de cualquier cosa que tuviera a mano y crea una bomba atómica. Es curioso entonces que éstos sean los discos que más pistas dan acerca de los procesos internos, sentimientos y vivencias del músico, teniendo cuenta su afán por desestructurar cualquier relato lineal, tanto en lo lírico como en lo musical.





Charly García en los noventa se volvió un blanco fácil para los medios de comunicación masivos, que empezaron a seguirlo a todos lados esperando que hiciera algo filmable; que le pegara a un camarógrafo, que insultara a alguien, que dijera algo irónico y ambiguo, que tirara una guitarra o que se fuera del escenario después de haber tocado veinte minutos y de la peor forma posible. Lo seguían y lo incitaban a que fuera violento, a que se descontrolara. Muchas de sus actitudes caóticas fueron tapas de revistas, no así sus discos o sus recitales -salvo aquellos en los que tocaba especialmente mal o agredía a alguien-. Es decir, los medios que lo empezaron a nombrar y a perseguir se mantuvieron a una distancia importante de toda su obra, especialmente de la que estaba creando por esos años.

Por el contrario, Charly no mantuvo alejada su obra de lo que estaba pasando a su alrededor, más bien diría que incorporó sus vivencias con una profundidad inédita hasta ese momento de su carrera; su principal método de comunicación a través del arte en esta nueva etapa estuvo marcado por la estructura de sus discos. La hija de la lágrima es el principio de la destrucción, un disco donde cada una canción normal, estructurada, hay dos o tres piezas instrumentales, de tono experimental, generando una sensación de aparente incoherencia o discontinuidad en la suma de sus partes. Ya en este disco Charly comienza a insistir en determinados conceptos que se repiten a lo largo del disco, que desaparecen y vuelven a aparecer varios minutos después. Son los conceptos constantes que luego volverían en Say no more de una forma más explícita. Las repeticiones y reincidencias se dan en sonidos, melodías y frases, palabras.
La hija de la lágrima es, quizás, la protagonista de este disco conceptual, una protagonista difusa, bastante abstracta, que aparece en algunas líneas y rápidamente vuelve a ocultarse, como un fantasma. Parece ser quien habla en Love is love: "Hoy estoy aquí/rodeada de las cosas que no vuelan". Se presenta como un ser femenino, y también deja entrever su condición extranjera: "Yo vengo de otra guerra/de otro sol". Esta es una de las tantas canciones donde García habla de amor como un elemento crucial en la transformación del ser, en la exaltación de la existencia.
Otro de los conceptos constantes de este disco es el mercurio. En Kurosawa -una de las canciones más lindas y desgarradoras que hizo Charly-, el mercurio es mencionado como un impedimento, algo que no permite avanzar. El mercurio es una sustancia que, si se consume de alguna manera, no puede expulsarse del organismo jamás. La tapa del disco es una lágrima dura, suspendida, de piedra o quizás de mercurio. Una lágrima que no se va, un dolor constante

La hija de la lágrima es un disco lleno de dolor. Es un dolor esquivo pero constante. Se hace notar en las canciones más melancólicas -Kurosawa, Andan, Víctima-, luego se repliega en las piezas experimentales o en los momentos más rockeros -La sal no sala, Fax U-, pero siempre vuelve. De hecho, me parece significativo que la última canción del disco sea Andan, donde Charly habla de que algo, seres, ideas o sentimientos, vuelven todo el tiempo y no lo dejan dormir. "¿Será que estoy loco, nena?". Definir a Charly García como loco se volvió una constante en esa época; todo lo que hacía o decía parecía confirmarle a mucha gente que se estaba volviendo loco, si es que ya no lo estaba. Esta canción quizás hable de la locura como forma paralela de entender la vida, una alternativa a la percepción común y corriente de los fenómenos que atraviesan la existencia. Percibir más allá de lo común tiene que ser algo necesariamente doloroso. "La víctima despierta" dice en un momento Charly. La víctima que no puede dormir porque tocan su mente y lo quieren atrapar. La primer canción del disco luego de la introducción Overture, es Víctima, donde Charly se declara víctima de un mal extraño. Hay algo que no controla, que quizás lo controle y lo obligue a sentir cosas que no quiere. Años más tarde retomaría esta cuestión en Influencia: "Pero es muy difícil ver/si algo controla mi ser". Charly García, aquel que a partir de determinada época y durante años siempre se mostró en público como un rey, un emperador, siguió encontrando en la música un lugar de confesión.






La fragilidad de Charly en esa época se vio manifestada en crisis nerviosas, ataques de agresividad hacia todo, un par de internaciones psiquiátricas que no le sirvieron demasiado, consumo problemático de merca y alcohol, consumo de pastillas recetadas por médicos, alimentación desordenada, etc. O se podría pensar que todo lo anterior fueron las causas de su fragilidad. Puede ser, en parte, pero tengo la sensación de que su desorden tiene más que ver con una búsqueda constante de estímulos, incluyendo atravesar todos los límites posibles para ver qué hay más allá, más allá de todo. Experimentar con drogas, no dormir, estar cuatro días seguidos rodeado de instrumentos para grabar, entre otras cosas, parecen síntomas de alguien que está aburrido de lo que puede encontrar si se queda quieto. Porque ya sabe lo que va a encontrar. En cambio, moverse en los límites implica el peligro de lo desconocido, que puede ser destructivo o estimulante. En ese sentido se lo puede pensar como un mártir, un tipo que se inmola para ir a ver qué hay más allá de lo que vemos todos, para volver y hacer un disco, o para volver lleno de desprecio y destruir todo lo que se le presentaba como estable. "Algo va a caer" dice al principio de La hija de la lágrima, y anuncia todo lo que vendría después. Esas palabras señalan la fragilidad del que está en el borde, justo antes de sumergirse en la locura, en el caos. Es el último momento de lucidez antes de perder voluntariamente una parte de su ser y transformarse en esa criatura peligrosa y repulsiva que se iba a autodenominar Say No More.

La vida pública de Charly García siguió confundiéndose con la privada. Su casa se llenaba de gente, no había calma casi en ningún momento. Los periodistas seguían expectantes ante cualquier posible exabrupto, la prensa le pegaba cada vez que podía, encima sus presentaciones en vivo venían siendo cada vez más desprolijas, motivo suficiente para que el mito de un Charly decadente, destruido, al borde la locura siguiera creciendo. Su última internación había sido en 1993, pero más adelante en varios momentos todo parecía indicar que otra internación era inminente. Charly parecía contribuir gustoso a la nueva imagen que la opinión pública se había construido de él: aparecía en cualquier parte llamando la atención con tal de que lo grabaran, le tomaba el pelo a cualquiera que quisiera ayudarlo, no dormía, comía poco. Además, todo un concepto de la estética había empezado a implantarse en su vida, el concepto Say No More. Es decir, antes y después de sacar el disco en cuestión -1996-, García exploró el concepto que a través de catorce canciones iba a materializar, transformándolo en testimonio palpable de una forma de vida.

La hija de la lágrima ya había sido un disco caótico desde su grabación, teniendo en cuenta que Charly entró al estudio con sólo un par de canciones terminadas. Lo demás eran sonidos sueltos, partes de melodías, intuiciones que luego iría desarrollando hasta formar el disco. En Say No More esta veneración por el desorden se volvió parte del concepto del disco en sí mismo. Nadie parece saber muy bien quién grabo qué cosa, Charly usaba y despedía a los músicos según el grado de tolerancia que tuviera en cada momento. Lo que se sabe es que pasó muchas horas experimentando con distintos instrumentos, gastando fortunas en cosas que después no iba a usar nunca, grabando largas horas y después borrando todo, y que algunos meses después, de todo eso iba a surgir un disco.

Say No More es un mundo en sí mismo. Es un universo salvaje, caótico, lleno de capas que se superponen y se devoran. Charly incluyó fragmentos de diálogos de películas, fragmentos de canciones de los Beatles, ruidos, grabaciones de un contestador automático, instrumentos orquestales, teclados. Puso todo lo que se le ocurría, y a través de ese mar de sonidos inconexos fue construyendo un relato alucinado que insistía en determinadas ideas, casi obsesiones.
La idea de Say no more está todo el tiempo, como una especie de paradigma del no-lenguaje. Si la comunicación en La hija de la lágrima era un tema primordial en el sentido de que todo el tiempo peligraba su existencia -la comunicación con el exterior, con el otro, con uno mismo-, en Say No More aparece definitivamente distorsionada, casi irreparable. "No digas nada" grita Charly en Estaba en llamas cuando me acosté, la poderosa canción que abre el disco y que bien podría funcionar como su síntesis: falta de estructura, sonidos que se superponen, grabaciones de varios tipos, la voz raspada
de Charly intercalando gritos con susurros de dolor.
La imagen de un hombre que se acuesta en una cama en llamas es muy poderosa. La imagen de un hombre en llamas también lo es. Todo este disco parece estar en llamas, pero en un fuego perpetuo, que destruye y construye.
Una de las canciones experimentales de este disco se llama Constant concept, una de las puntas que García venía desarrollando desde el disco anterior, la de los conceptos permanentes, que parecen irse pero vuelven más adelante para repetir lo mismo una y otra vez. En este disco se habla poco pero se insiste mucho.

Más allá de la insistencia en Say No More por abolir las convenciones de la música pop, Charly se permite incluir un par de canciones que conservan su gusto por las melodías lindas. Cuchillos es una canción hermosa, muy melancólica, que remite a las baladas más intimistas de su carrera. Say No More es otra de las canciones "escuchables", aunque está lejos de ser un hit radial. La letra es cruda, "Amaste/curaste/te fuiste/pediste perdón", la voz desgarrada de Charly aporta mucho al dramatismo general del tema, los violines crean un clima casi psicodélico. "Alguna vez/algo tenía que pasar/no sé si lo entenderás". Algo se tenía que mover, o tenía que continuar moviéndose. Algo iba a caer, y cayó.

Say No More es el testimonio de un hombre en llamas, de un artista aburrido. Es un disco que atraviesa su propia condición de disco como conjunto de canciones, y se expresa a través del concepto puro. La abstracción es lo que queda cuando ya se habló mucho. No decir nada. El caos y el silencio parecen métodos de comunicación más efectivos después de atravesar el mar del lenguaje.

martes, 22 de diciembre de 2015

Crítica de Nidal - Buenos muchachos


Hace un rato me decidí a ordenar y limpiar mi cuarto después de algunos meses. El disco que elegí para musicalizar dicha tarea fue Nidal, el reciente trabajo de los Buenos Muchachos. Me regalaron el disco hace aproximadamente un mes y desde entonces lo habré escuchado cerca de quince veces completo. Por el tiempo transcurrido desde su salida, no puedo hablar de Nidal como un disco que me traiga recuerdos o que me devuelva emociones perdidas de otras épocas; no obstante, a lo largo de las doce canciones voy explorando nuevos lugares a la vez que encuentro reminiscencias del pasado. Es que este disco es el resultado de un progreso musical que ya se evidenciaba en Se pule la colmena (2011), sobre todo en la falta de explosión rockera que contenían otros discos, aunque sigue manteniendo la oscuridad característica de la banda. La oscuridad de la que hablo adquiere otro sentido, está más ligada a la estética musical que a una serie de emociones concretas. En otros discos uno podía sentir turbiedad en algunas canciones, tanto en momentos de distorsión y gritos desgarradores de Pedro Dalton, así como en piezas íntimas con guitarras acústicas siendo protagonistas. Además las letras solían ser enmarañadas, denotaban angustias, conflictos personales y no parecían contener demasiadas expectativas para el futuro. Definitivamente las letras de Nidal van por otro lado. Primero quiero mencionar que personalmente estas nuevas letras de Dalton me resultan de una mayor sencillez comparadas con las de antaño, pero esto no quiere decir que hayan perdido el misticismo que para mi gusto siempre tuvieron. Cuando digo sencillez me refiero a que son más directas, no contienen tantas imágenes abstractas y de difícil explicación, sino que van más al hueso, dicen las cosas de un modo cotidiano y eficaz. Claro ejemplo de ésto es la segunda canción del disco, A mi manera, tema que no deja lugar para la duda con respecto a su temática ya que la misma banda aclaró que trata sobre el colectivo Ovejas Negras. También quiero decir que me pareció interesante el hecho de que esta haya sido elegida como el corte de difusión, ya que escuchando el disco entero encontré otras canciones de estructura y melodía más "radial", y aclaro que no lo digo de modo despectivo. Quizá A mi manera sea la canción que mejor resume lo que uno puede encontrar durante todo el disco. 
Hago un paréntesis para resaltar el arte gráfico del disco. Personalmente me parece un muy buen trabajo. Sobre todo me genera un gran placer visual el color elegido para el libro interno. Es un verde oscuro de tono sobrio que me gusta mucho y que concuerda con el clima general que tiene el disco en el aspecto musical. La tapa se basa en una fotografía antigua de unas mujeres sentadas cuyas figuras son difusas. Es una imagen algo tenebrosa. Me parece una gran tapa para un disco de Buenos Muchachos. 
No quiero dejar de mencionar lo atractivo que me parece el nombre elegido para el disco. Creo que Nidal es una palabra que suena bien más allá de su significado, pero además cuenta con la virtud de resumir con pocas letras una de las principales características del disco: la calidez. Desde su grabación en donde los músicos convivieron en una casa de Solymar y terminaron las canciones allí, hasta sus letras, el disco nos remite a la calidez de un hogar, de un nido. 

Volviendo a las letras, una canción como Bella y el bestia sigue la línea anteriormente mencionada, es decir, cuenta una historia que no es propia de quien la escribió, o sea, Pedro Dalton. La diferencia está en que en A mi manera el protagonista era el propio narrador, y aquí se narra en tercera persona. Aunque en este caso los protagonistas de la historia son dos: por un lado Bella, una mujer que se ve obligada a prostituirse para vivir, y el El bestia, también apodado "El corbata loca", que vendría a ser el proxeneta. La canción muestra de forma muy sentida la tristeza que ahoga a Bella por la situación en la que se encuentra y el cinismo con el que El bestia la trata. La letra ya contiene una comparación a lo Pedro Dalton: "la tristeza pesa como agua del bidet". Ésta es la única canción del disco que narra una relación entre dos personajes. En otras, diría que la mayoría, el narrador es en primera persona y narra situaciones o sentimientos íntimos, quizá sólo compartidos con  otra persona que es apenas mencionada o es a quien van dirigidas las palabras. Tal es el caso de Viaje cerca, una canción que salpica belleza por donde se la mire, creo que mi favorita del disco; los juegos de guitarras que se mezclan en perfecta armonía, la voz áspera y dulce de Pedro y la letra que describe un viaje feliz, no una perdición o un escape desesperado, un viaje que uno hace sabiendo que va a encontrar tranquilidad, entre la mezcla de paisajes rurales y el calor de una compañía agradable; todo en ésta canción es bello. 
Más atrás mencioné la falta de explosión rockera de éste disco, y dije que esa característica ya se podía notar en el disco anterior de BM. En Se pule la colmena uno de los cambios novedosos había sido la inclusión de instrumentos nuevos para ésta banda, ejemplo de ésto es Chispas de luna, canción que contiene un pasaje con un violín como protagonista. Mi disco favorito de los Buenos sigue siendo Uno con uno y así sucesivamente (2006), disco con canciones como Lengua distorsión o Milagros que atraen sobre todo por su potencia, su capacidad para desatar la energía en el momento indicado y hacer vibrar a cualquiera. Admito que una parte de mí esperaba que el nuevo trabajo de Buenos Muchachos tuviera algo de aquellas canciones, y cuando entendí por dónde venía la mano sentí cierta decepción. Pero esa sensación pasó rápido, ya que según mi criterio Nidal es tan bueno como los anteriores discos, sólo que su atractivo pasa por otras vías. En Nidal el sonido es más despojado, no logro advertir tantos detalles minuciosos detrás de los intrumentos, es un disco que suena a banda tocando en vivo sin demasiado filtro. La batería de José Nozar no suena a batería de rock, diría que su sonido tiende más a la percusión climática, ambiental. Hay un par de líneas de bajo que me parecen interesantes, como la de A mi manera, pero lo que más se destaca en el disco sin duda son las guitarras. Creo que en Nidal las mezclas de punteos, los riff y los solos llegan al punto más alto desde que la banda empezó a componer canciones. En todo el disco hay muestras de sobra de que El topo Antuña, Marcelo Fernández y Francisco Coelho, quien estoy casi seguro que graba por primera vez con BM, estaban muy inspirados. 
Tonight es una canción definitivamente nocturna más allá de su título. Las guitarras de la introducción vuelven a ser excelentes a la vez que confusas, ya que luego de prepararnos para cierto clima, cambian de dirección y junto con la entrada de la batería, el bajo y unos preciosos arreglos de teclado, nos conducen hacia una pieza cargada de misterio y movimiento. Es la canción más movida del álbum y recuerda en el estribillo a Desestrés del disco Aire Rico (1999). La letra es enigmática al igual que la música, supongo que ésto se debe a que Pedro Dalton escribe sobre las canciones ya armadas y tanto la melodía como el clima que transmiten los instrumentos inevitablemente le marcan el camino que deben seguir sus palabras. Se hizo bosque ese desierto, con un riff más que interesante y una batería contundente, es la otra que podríamos denominar como "movida". El estribillo cambia completamente de ritmo, la canción adquiere un tono de balada, se agrega una voz femenina para acompañar a Dalton y declarar "Miro el tiempo/no importa más/mi pasado es corto/el futuro no sé bien qué es", y luego "Soy un niño/yo no sé qué es perder/mi pasado es corto/el futuro ya veré qué es". Es una letra bellísima en la que el narrador primero repasa sus "días de desencanto" donde reinaba la soledad del desierto, luego reflexiona sobre el punto en el que se encuentra y llega a compararse con un niño en el acto de casi no tener pasado, es decir, no le da demasiada importancia a lo que ya ocurrió, y sí fija la atención en el futuro aunque no tenga certeza con respecto a lo que eso pueda ser. Hacia el final la canción va ganando cada vez más intensidad emotiva y llega a un punto donde la voz de Dalton penetra la fibra más íntima de cualquiera que esté escuchando atentamente al cantar con una voz sumamente contundente: "fui regando con lágrimas/ese desierto que ves/hice bosques con lágrimas/me hice niño otra vez". En esos instantes es imposible no recordar a Sin más, del disco Se pule la colmena, canción que también sube y sube hasta que se desatan los versos finales con una efectividad infalible a la hora de erizar pieles.
El regreso es el tema que captó más mi atención cuando escuché el disco completo las primeras tres o cuatro veces. No sé si estoy en lo correcto, pero ésta es una canción que se me antoja con un clima de blues, blues oscuro. Es una canción lenta, melancólica; la letra está cargada con imágenes de trenes, vagones, esperas fastidiosas en las que uno extraña a alguien que se encuentra lejos, humo de cigarro como acompañante de la soledad que supone estar mirando un retrato y no a una persona real. Un claro paralelismo entre el estado de ánimo del narrador y el ambiente por el que se mueve. Vuelvo a lo que dije al principio: es una canción melancólica, con cierta oscuridad, pero no es una canción turbia, no encierra un clima desesperante como canciones de otros discos. Sino escuchen Iris de morfina, del Amanecer Búho (2004), y van a saber de lo que les hablo. Los dos tracks de los que hablé antes que me hacen pensar en antiguas canciones de BM. El regreso contiene una referencia mucho más explícita en ese sentido, y es que la introducción es casi idéntica a un pasaje de He never wants to see yo (once again), quizá el tema más conocido de Buenos Muchachos. Evidentemente esta inclusión nos habla de que más allá de la satisfacción que les produce encontrarse en pleno progreso musical, tampoco tienen interés en negar lo que hicieron años atrás en otros discos. 
Sí barre es la única canción que canta Marcelo Fernández. Es la que sigue a El regreso y también continúa en una dirección decididamente melancólica. Diría que es la canción que recrea un clima más denso y más íntimo dentro de todo el disco, ayudado con una guitarra otra vez magistral, empezando con unos punteos delicados y -al igual que la voz- subiendo en intensidad a medida que avanza el tema. La letra sacada de contexto no sería demasiado interesante para mi gusto; sin embargo, dentro del clima que envuelve a la canción, creo que las frases se adaptan bien y logran una mayor solidez. 
Sol troquelado es de esas canciones con una sencillez realmente atractiva. Las primeras estrofas son cantadas por Pedro con una guitarra acústica rasgueando como acompañante y unos arreglos creo que de teclado que le dan un toque mágico a la canción. Pasado un minuto, la guitarra acústica desaparece, la voz desaparece, una serie de efectos cuyo origen no logro distinguir ofician como fondo sobre el cual se comienza a desplazar una filosa guitarra eléctrica que paraliza con una serie de punteos lentos, nuevamente sencillos pero muy placenteros. Ésta canción, dada su austeridad, su intimidad y su ritmo pausado, me trae a la mente imágenes de un sitio donde anteriormente hubo mucho movimiento y que ahora está desolado, deshabitado; dejando de lado las connotaciones emocionales que éstas imágenes puedan sugerir, pienso en escenarios tan dispares como un campo de batalla lleno de cadáveres, una escuela de noche, una persona sola recorriendo las vacías habitaciones de su casa. Ahora, si nos apoyamos en la letra podemos, por ejemplo, descubrir una sutil y minimalista descripción de un atardecer: el sol que cae y se rompe; se esconde en su refugio pero queda su imagen en tu mente; cae el sol y vuelve a salir nuevamente. Claro que la imagen del sol es muy amplia y encierra muchas posibilidades poéticas, o sea que se le pueden encontrar mil interpretaciones distintas a la letra.
Repente es una pieza sin demasiada vuelta de tuerca pero que sin embargo me agarró desprevenido y me sorprendió -para bien- cuando la escuché por primera vez, y ésto seguramente se deba al contraste que genera la voz de Pedro alargando las vocales con lentitud y los coros que le contestan repitiendo "bien de bien bien de bien de bien", "el halcón el halcón el halcón", o "en la muerte la muerte la muerte". También hay cierto contraste entre la música y la letra: por un lado, las guitarras y las voces generan calma, se destacan por su capacidad para evocar paisajes naturales llenos de sutileza y armonía, mientras que la letra parece despreciar a alguien o algo: "tu final/no me duele/merecés todo el mal", "sos el mal sin querer sin pensar y crees/que sabés no sabés". No queda claro a qué o a quién se refiere, quizá teniendo una idea más clara de ésto podría entenderse el tono despreocupado de las palabras. 
Solanne es la única pieza instrumental del álbum, y creo que supera en calidad a todas las otras instrumentales de Buenos Muchachos. Muchas veces los músicos hablan de lo arduo que es elegir la ubicación de las canciones dentro de un disco y de la importancia que ésta elección tiene. Bueno, creo que no podrían haber elegido un mejor lugar para ubicar a Solanne, Es una pieza que me transmite el sentimiento, no la idea, el sentimiento de que el final es inminente. Otra vez las guitarras son las grandes protagonistas, luciéndose al principio con una delicadeza y una intensidad que se va abriendo paso a medida que transcurren los segundos, hasta que al minuto y medio se llega a un momento sumamente ambiental que consiste en un fondo de efectos y una guitarra eléctrica que se pasea con lentitud y distorsión, muy similar a lo que ocurre en Sí barre, sólo que luego de éste momento intermedio de guitarra eléctrica levitando, llega la parte final compuesta por la percusión que va cobrando cada vez mayor importancia, una guitarra acústica que rasguea a un ritmo ni muy rápido ni muy lento, y unos coros lejanos que concluyen con esta interesante antesala para lo que va a ser el cierre del disco.
Curiosamente, el primer y el último tema son los que menos me atraen de Nidal. El primero es El poeta y el amor, balada lenta y pausada en la que la voz grave de Dalton se arrastra entre un redoblante que se repite y unas guitarras que no me parecen demasiado llamativas. La canción no es mala, pero se me antoja algo monótona. El estribillo se queda a mitad de camino entre la intensidad emotiva que amaga con adquirir y la quietud de las estrofas. El clima del principio de la canción, esa lentitud de bar en penumbras me hace pensar en algún tema de Nick Cave. Luego, el pasaje final me parece bastante lindo, El piano, la guitarra y unos coros que se van desvaneciendo le otorgan un cierre sutil, lleno de calma. Quizá no haya sido la mejor decisión poner a éste tema abriendo el disco. Por otra parte, la letra me resulta interesante en algunos pasajes, por ejemplo las descripciones de espacios naturales: "sale la luna/ toda la playa/es gris", entrelazadas a descripciones de presencias humanas en dichos espacios:"las sombras alumbran dejando bien claro tu rastro".
El tema que cierra el disco es Uno con uno, mismo. Canción con varias referencias a antiguos momentos de la banda, o sea, antiguos momentos de sus integrantes. Empezando por el título que es un juego de palabras con Uno con uno y así sucesivamente, título de otro disco de BM. Pero apenas en el comienzo, la letra nos dice "Va el pez". Se utiliza la figura de un pez para representar a alguien, ya sea el propio narrador que habla de sí mismo o de otra persona. No importa el animal en sí mismo, lo que importa es el contexto en el que se mueve; el pez nadando, a veces a favor y otras en contra de la corriente, sirve como metáfora de una persona transcurriendo la vida. Entonces ¿dónde está la reminiscencia a otro momento de la banda? En la canción La isla era un camalote, del disco Uno con uno... también se le habla a un pez. El pez es el protagonista de la canción, el pez que busca la orilla, que quiere encontrar un plan para conocer su destino, el pez que entiende finalmente que no puede saber en qué parte del camino está, que el destino no lo puede ubicar, sino que se encuentra en el presente, siempre al borde del final pero nunca en él. Ese pez posiblemente sea el mismo en Uno con uno, mismo, sólo que en ese caso se encuentra en un lugar seguro, entiende y puede ver dónde está y quién es, la isla ya no es un frágil camalote, ahora "de tierra firme son las islas". Cerrando el tema, una nueva referencia al disco Uno con uno..., más precisamente a ..Y la nave va, cuando el coro repite con una leve modificación lo que repetía el coro de aquella: "In the sun i was your help", decía Y la nave va, "In the sun i was your help, ask for my help, for my help", dice Uno con uno, mismo. Con un evidente cambio de ánimo con respecto al futuro y al modo que tiene de encarar el presente ese pez, que quizá sea Pedro Dalton, quizá la banda en general, Buenos Muchachos cierra un disco de muy alto nivel, distinto con respecto a sus antecesores pero con un marcado e ineludible estilo personal que seguramente mantendrán en sus próximos y muy esperados trabajos.